La Mujer es rara

psicologo granollers barcelona

«El problema es que casi ya no hay mujeres; sostengo que las mujeres han desaparecido, que ha habido una catástrofe, que la raza de las mujeres ha quedado dispersada, aniquilada, ante nuestros propios ojos que no veían. Señores, la mujer, la descendiente del paleolítico y del neolítico, nuestra madre, nuestra hembra y nuestra diosa, el ser que yo llamaría la Mujer del Hombre y de la que ya no tenemos idea, ha sido perseguida, conseguida en su cuerpo físico y en su cuerpo mental y enviada a la nada.

»Las entrañas de la Tierra están llenas de bosques hundidos, de restos de especies de animales desaparecidas, de cenizas de razas humanas y sobrehumanas la historia de las cuales, si nos fuera revelada, desafiaría a la más loca imaginación. Nuestra verdadera hembra también está mezclada en el humus de los abismos subterráneos. ¿Por qué?

Ah, señores, reflexionen! Es ella la que ha pagado los gastos de la inmensa, la implacable lucha contra las religiones primitivas de Occidente. Esta lucha es toda la historia del mundo llamado civilizado. Creen ustedes que allí donde las legiones romanas no habían aclimatado nunca su religión, en la Galia, por ejemplo, o en Gran Bretaña, los soldados de Cristo encontraron una tierra virgen de pensamiento y de dioses? A mil puestos de nuestra Europa, en las landas, en las llanuras con menhires, en el fondo de los matorrales y en las riberas donde cantaba Pan, subsistía la religión indígena proveniente de la noche de las edades, la verdadera religión del hombre occidental.

Señores, considero seguro que Europa vivió durante milenios un elevado pensamiento místico, él mismo proveniente de otras épocas, consagrado al Dios Cornudo y la exaltación del principio femenino. Considero evidente que esta espiritualidad original fue barrida con violencia, a sangre y fuego, por una religión extranjera venida de Oriente: el cristianismo. El Dios Cornudo, protector de la antigua humanidad del Oeste, fue llamado Diablo y maldito.

»Los ídolos inmemoriables fueron derribados y con ellos tuvo que destruir también su apoyo: la mujer madre, la mujer diosa, la mujer hembra, la verdadera Mujer.

»Las almas virtuosas de hoy denuncian los excesos del colonialismo reciente: los indios eliminados, los magos de África extinguidos, las civilizaciones negras martirizadas. Y quien habla de nuestros antiguos tótems que fueron derribados, de nuestro Dios que fue envilecido y perseguido, de nuestras sacerdotisas que fueron exterminadas, de nuestra mujer que nos fue sustraída? La vieja Europa también ha sido colonizada y desfigurada. Sí, señores, me atrevo a decirlo. Desde el punto de vista puramente antropológico en el que me sitúo, la historia de la Iglesia cristiana es la historia de una guerra hecha por el extranjero contra un culto indígena muy antiguo, muy poderoso, muy profundamente arraigado, y de un crimen contra la raza humana femenina en su totalidad. Nosotros hemos perdido nuestra mitad, señores. Nos la han matado. Lo demostraré.

»No acuso. Este crimen fabuloso era quizá necesario. Y quizá era fatal. La civilización no sería lo que es si la verdadera mujer existiera todavía. Seguiríamos creyendo en el Paraíso sobre la tierra. El espíritu humano no hubiera tomado nuevos caminos. No estaríamos hoy a punto de llegar las galaxias lejanas, no hubiéramos abierto anchas puertas al universo, por las que penetra ya la llamada del Dios último en el que se fundirán todos nuestros dioses, en quien el espíritu del mundo se reabsorberá un día, habiendo cumplido su misión. Pero veamos este crimen.

Exterminación física en las hogueras: evocaré los cientos de miles de verdaderos mujeres, llamadas brujas y quemadas como tales, y los millones de otras mujeres vencidas y cambiadas por el miedo. Los remito a Michelet visionario de La sorcière, libro admirable e incomprendido. Exterminio por la propaganda, arma más segura que todas las demás, lo sabemos ahora, y más eficaz entonces que el potro, las cepas y la camisa sulfurosa. Guerra revolucionaria de la Caballería contra la mujer verdadera en provecho de un nuevo ídolo. Y finalmente, en un plano más amplio, más misterioso y sin embargo concomitante, mutación descendente de la especie. De modo que, poco a poco, un ser diferente ha sustituido al ser femenino auténtico.

»Señores, el ser que nosotros llamamos mujer no es la Mujer. Es una degeneración, una copia. La esencia ya no está, el principio ya no está, nuestro gozo y nuestra salvación ya no están.

»[...] Llamamos mujeres a seres que sólo tienen la apariencia de mujeres, tomamos en nuestros brazos imitaciones de una especie totalmente o casi totalmente destruida.

»La mujer es rara, dice Giraudoux. La mayoría de los hombres se casan con una mediocre falsificación de hombre, un poco más burda, un poco más flexible, se casan con ellos mismos. Se ven a sí mismos pasar por la calle, con un poco más de pecho, un poco más de caderas, todo envuelto en un jersey de seda, entonces se persiguen a sí mismos, se abrazan, se casan. Es menos frío, después de todo, que casarse con un espejo. La mujer es rara, franquea las corrientes, derriba los tronos, detiene el paso de los años. Su piel es el mármol. Cuando hay una, es el mal paso del mundo ... A dónde van a parar los ríos, las nubes, los pájaros aislados? Se lanzan a la Mujer ... Pero ella es rara ... Hay que huir cuando la vemos, pues cuando ella quiere, cuando detesta, es implacable. Su compasión es implacable.:. Pero ella es rara.

»La verdadera mujer, la que nos viene del fondo de los tiempos, la mujer que nos fue dada, pertenece totalmente a un universo extraño al del hombre. Ella brilla en el otro extremo de la Creación, conoce los secretos de las aguas, las piedras, las plantas y los animales. Ella mira directamente al Sol y ve en la noche, tiene las llaves de la salud, del reposo, de las armonías de la materia. Es la bruja blanca intuida por Michelet, el hada de anchos flancos húmedos, de ojos transparentes, que espera al hombre para recomenzar el paraíso terrestre. Si ella se entrega a él, es en un movimiento de pánico sagrado, abriéndole, en la cálida oscuridad de su vientre, la puerta de otro mundo. Es la fuente de la virtud: el deseo que inspira consume la excitación. Hundirse en ella vuelve la castidad. Es estéril, ya que detiene la rueda del tiempo. O más bien, es ella quien insemina el hombre: lo vuelve a parir, reintroduce en él la infancia del mundo. El restituye a su trabajo de hombre, que es subir lo más alto posible en sí mismo. Se llama «superhombre», no se dice «super-mujer», ya que la mujer, la verdadera, es la que hace el hombre más de lo que es. A ella le basta existir para ser de verdad. El hombre tiene que pasar por ella para pasar al ser, a menos que elija otros ascesis, donde también la encontrará, bajo formas simbólicas ...

»Señores, descubrir la verdadera mujer es una gracia, no asustarse de ella es otra. Unirse a ella exige la benevolencia de Dios ... Qué extraño encuentro! Ella aparece bruscamente entre el rebaño de falsas hembras, y el hombre favorecido que la voz se pone a temblar de deseo y de temor. Todo cambiará, ya basta de jugar con sí mismo:
 
Veo tus pechos hinchar
ya veces tu vientre temblar
como un suelo tibio que se levanta.
Tú me apaciguas y no me asombro
de estos poderes que vallas ... »

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Confieso que dudé antes de citar un trozo tan extenso, pero habría lamentado privar al lector de este texto admirable, uno de los mejores que conozco. En estos párrafos, profundamente tántricos, hay pasajes que pueden chocar a los cristianos, a quienes respeto, pero, hay que censurar Louis Pauwels?

Ante todo esto se imponen dos conclusiones. Primero: el hombre debe pasar por ella para llegar al ser. La mujer, toda mujer, es la verdadera iniciadora del hombre, su vía hacia el Ser Segundo: el sistema patriarcal ha privado al hombre de las verdaderas mujeres, peligrosas para su supremacía. En respuesta a ello, la mujer tiene que hacerse consciente de la Mujer que duerme en él: ya es hora de que Ella salga del capullo!

Esta tarea esencial, el tantra puede realizarla y salvar nuestro mundo moderno de la perdición. Que la mayoría de los adeptos del tantra en Occidente sean mujeres demuestra su intuición. Ellas saben que esta vía de evolución es fecunda y que las conduce a la Verdadera Mujer que se oculta en ellas, para volver a ser la Antigua, la Shakti eterna que no hubieran tenido que cesar de ser. En cuanto al hombre, si quiere merecer a la verdadera mujer, debe, en primer lugar, aceptar la idea, y luego reestructurar su vida en torno a los valores de la feminidad. Nuestra civilización patriarcal ha creado una civilización tecnocrática, sin alma, sin ideal, sin amor verdadero. Basada en falsos valores, lleva al cataclismo, a la guerra. Por lo demás, está en plena crisis en todos los ámbitos, incluso el social y el económico. Para salvarse, el hombre deberá aceptar redescubrir su feminidad oculta, reprimida. Es utópico? No, ya que el antiguo culto está en pleno renacimiento y el capítulo dedicado al «retorno de las brujas» muestra su amplitud ...

Extraído del libro de André Van Lysebeth "Tantra, el culto de lo femenino", ed. Urano 1990

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